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Tres mujeres, la misma historia por Antonio Marocco

Los discursos de odio, tan presentes en los debates de la actualidad, no configuran en realidad un fenómeno social exclusivo de estos tiempos. La historia advierte sobre sus orígenes, métodos y consecuencias.
El Siglo 20 estuvo atravesado de principio a fin por genocidios, explotaciones y exterminios sostenidos por discursos de odio que moldeaban los climas sociales. Cuando los discursos de odio alcanzaban suficiente popularidad, se podían justificar dictaduras, exterminios, campos de concentración, invasiones o guerras.
 El miércoles pasado se conmemoró un nuevo aniversario del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Ese día derrocaron y apresaron a la primera presidenta constitucional de la República Argentina Isabel Martínez de Perón, quien además fue la primera mujer en ocupar una jefatura de estado constitucional en la historia moderna.

Los militares la confinaron a más de cinco años de prisión efectiva, vejaciones y humillaciones de las más horribles que puede sufrir un perseguido político.
El clima que animó a la Junta Militar a demoler con violencia el orden democrático nacional estuvo atravesado por los discursos de odio. Isabel Martínez de Perón fue una viuda loca, una incompetente, una ignorante, una analfabeta, una chiruza, una bruja. A mis 73 años todavía lamento que aquellos discursos de odio no solo hayan sido propagados entre las filas de los reaccionarios militares y los grupos concentrados de poder, sino también por dirigentes de todo el arco político nacional, incluso muchos de ellos pertenecientes al mismo movimiento peronista.
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Perón lo había advertido tres años antes del Golpe del 76. Desde el exilio, previamente, había lamentado muy de cerca la experiencia del radical Arturo Illia, quien había sido derrocado, entre otras cosas, justamente por levantarle la proscripción política e institucional al peronismo, en el afán de legitimar y recuperar completamente el régimen democrático en nuestro país.
Cuando Perón regresó, lo primero que hizo fue llamar a la hora de los pueblos y a la unidad nacional. Convocó al radicalismo en reconocimiento a la oposición institucional, a las centrales obreras, al empresariado argentino, a los jóvenes, a los intelectuales, a la iglesia y a los movimientos sociales. Perón no los recibía, Perón los buscaba y los convocaba.
El tercer peronismo se proponía construir consensos y políticas de estado, sostener la democracia y blindarla de las expresiones reaccionarias: solo a partir de la consolidación democrática sería viable el desarrollo de un proyecto político nacional y popular.
De ahí el abrazo de Perón con el líder de la Unión Cívica Radical, Ricardo Balbín. Por eso, en el velorio del General, en 1974, ese viejo adversario fue a despedir a un amigo.
Muchos jóvenes por entonces no pudimos, no quisimos o no supimos entender lo que proponía el líder del movimiento nacional justicialista. Algunos pudimos entenderlo antes y otros después, pero no es el ánimo de esta columna señalar a nadie.
Los discursos de odio que amordazaron la gobernabilidad y propiciaron el Golpe de 1976 contra Isabel Martínez de Perón no solo se enunciaban desde los círculos reaccionarios militares y los grupos del poder concentrado. Los discursos de odio también circulaban por los medios de comunicación, la dirigencia política y la sociedad civil.
Cuando volvió de su exilio, Perón conocía en detalle lo que estaba pasando en el mundo, su influencia geopolítica estaba a la altura de los líderes de las primeras potencias y además interpretaba muy bien la composición social de la Argentina de la época. Sabía que no había proyecto político nacional, popular y democrático posible sin una verdadera reparación a partir de la unidad nacional.
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En la Argentina contemporánea, muchos de los debates que nos dividieron han sido debidamente saldados. Pero muchos otros no, como los discursos de odio, por ejemplo.
Los relatos con los que contamos nuestras noticias, nuestras ideas y nuestras historias son elementos constitutivos de la acción política.
Si a estos relatos los construimos desde el odio, desde la agresión o desde la invisibilización del otro, sin dudas nunca seremos capaces de generar un futuro mejor que nos contenga a todos. Los discursos del odio sirven siempre a las minorías, a los poderes concentrados, a los violentos y a los autoritarios. Cuando los discursos de odio penetran en la sociedad solo generan grietas, divisiones, crisis y atraso.
Después del estallido político, social y económico que sacudió a nuestro país en 2001, llegó en 2003 la presidencia de Néstor Kirchner que puso en marcha un enorme plan de recuperación y reparación nacional que permitió poner a la Argentina de pie.
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner continuó y profundizó ese proyecto político que logró una inclusión social, política y económica sin antecedentes en la Argentina moderna. Sin dudas, se trató de un proyecto nacional y popular que impulsó grandes avances, y que por supuesto cometió también errores. Porque los únicos que nunca se equivocan son los que no hacen nada.
Sin embargo, aquel proyecto que inició en el 2003 -después del “que se vayan todos”- no ha sido cuestionado en el plano del debate político: ha sido cuestionado en una dimensión personalista y subjetiva.
No se cuestionó al plan de gobierno, se cuestionó a los planeros, a los subsidiados, a los extranjeros, a los que perciben asignación universal, a los que tuvieron su primera computadora. Se cuestionó a la yegua, a la loca, a la zurda, a la corrupta y a la ladrona; la que empoderó de derechos a millones y millones de argentinas y argentinos.
Hoy, en plena crisis mundial por la pandemia, los discursos de odio se han multiplicado nuevamente en los medios tradicionales y en las redes sociales. Ahora los ataques van contra el títere, alberso, y tantas otras barbaridades. Y por supuesto contra la yegua, la loca, la zurda y la corrupta, aunque -sin la mesa judicial macrista en el poder- cierto sector de la Justicia cada vez tiene menos elementos para justificar la persecución. Pero claro, la necesitan. ¿Cómo llenarían, sin ella, las páginas y las pantallas de las usinas del odio contra todo lo popular? Qué esperar de esas mismas tribunas que se animaron a someter al escarnio público a una figura trascendental como Estela de Carlotto, intentando provocar a una luchadora argentina reconocida en todo el mundo y nominada a recibir el premio Nóbel de la Paz.
Nadie objeta que durante los gobiernos peronistas la oposición se oponga, cuestione, critique y proponga alternativas al oficialismo. Es lo correcto y sobre todo lo necesario.
El sistema democrático que tantos nos costó consolidar en la Argentina tiene muchas deudas, pero una enorme virtud: obliga a que tanto los oficialismos como las oposiciones se superen y traten de ser mejores que sus adversarios, permanentemente, para persuadir a la ciudadanía.
Pero el odio no. Los discursos de odio solo producen grietas, crisis y estallidos. La historia argentina exhibe tristes antecedentes de sobra. Por el contrario, los proyectos de unidad nacional han impulsado mejoras para las mayorías, como las conquistas sociales durante los gobiernos de Perón o la consolidación democrática durante la presidencia de Alfonsín.
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Hubo otra mujer de dimensiones enormes que ha sido víctima de los discursos de odio por parte de sectores reaccionarios, Eva Perón. Quizás un símbolo que, a pesar del exterminio al que han intentado someterla, perduró firme como bandera de las mayorías populares.
En la última columna del domingo pasado que escribió para Página 12 la investigadora, escritora y periodista Sandra Russo publicó una historia poco conocida sobre Evita que emociona pero que sobre todo hace docencia: en el paraje bonaerense Coronel Martínez de Hoz, conocido como Cojudo Muerto, corría el año 55 y el golpe contra el General Perón era inminente.
En sigilo, los pobladores de la pequeña localidad fueron una noche previa al Golpe a retirar un busto de Evita Perón emplazado en el centro del pueblo para esconderlo. Sabían que lo primero que harían los odiadores -una vez consumado el derrocamiento- sería someter aquel busto a las peores bajezas amén de su desaparición.
Los peronistas de Cojudo Muerto de entonces enterraron aquel busto de Evita en una ceremonia nocturna para protegerlo. Pasaron las décadas, la democracia aún no parecía lo suficientemente sólida como para devolver el busto a su pedestal original. Fue recién durante el gobierno de Alfonsín cuando se desenterró la historia para hacer justicia.
Los símbolos y el amor de los pueblos a los proyectos populares sobreviven: han sobrevivido siempre.
Esos símbolos alimentan la lucha y siempre vuelven. El odio no puede contra la unidad nacional, la igualdad de oportunidades y la justicia social.
Mueran el cáncer, los crímenes de estado y las mesas judiciales.